viernes, 4 de junio de 2021

LA QUE "PUDO" SER LA BOMBA ATOMICA ESPAÑOLA "Proyecto Islero"

 


LA BOMBA ATOMICA ESPAÑOLA

PROYECTO 

"ISLERO"




LA BOMBA ATOMICA DE PLUTONIO QUE FRANCO "NO" QUISO 


El Doctor Don Guillermo Velarde Pinacho  militar y científico español. Presidente del Instituto de Fusión Nuclear de la Universidad Politécnica de MadridGeneral de División del Cuerpo de Ingenieros Aeronáuticos del Ejército del Aire de España, Profesor Emérito del Departamento de Ingeniería Nuclear de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales (UPM).



¡SIN DUDA EL MEJOR CIENTIFICO ESPAÑOL DEL SIGLO PASADO!


Datos importantes que se deben de tener en cuenta antes de abordar los acontecimientos históricos ocurridos:

1.- El Profesor Velarde, Militar e Ingeniero Aeronáutico estudio en USA Energía Nuclear, destacando ya desde temprano la faceta Nuclear de FUSIÓN. (Eduard Teller) había dado el paso para fusionar átomos de Hidrogeno naciendo la BOMBA TERMONUCLEAR. 

2.- Para el Equipo de Velarde el cálculo de una bomba de FISION de Plutonio era realmente fácil. El Diseño fue personal del Doctor Velarde.

3.- El Plutonio se obtuvo de Vandellos que ya estaba en marcha la central de HIFRENSAEn 1977 se conocía el alcance proyectado para el Centro de Investigación Nuclear de Soria: 140 kilos de plutonio al año, suficiente para fabricar 23 bombas anuales.

4.- El Equipo de Velarde no perdió la oportunidad de recopilar toda la información que pudo de las bombas caídas en Palomares que eran Termonucleares (FUSION).  Y en palabras del propio Velarde al General Franco el equipo tenía los conocimientos para construir ya no una bomba de FISION de Plutonio, sino una de HIDROGENO.

5.- Se produce el asesinato del Amirante carrero Blanco por una panda de chiquiteros pagados por USA (Voló Carrero- Voló Argala).

6.- En el derribo del Avión sobre "OIZMENDI" el Ministro López Bravo llevaba una documentación muy secreta ¿PUDO SER DEL PROTECTO ISLERO?.

6.- USA no quería ni en broma que España tuviera poder Atómico.   

7.- Sabemos  (Por diversas Fuentes y experiencias personales). ¡Yo fui alumno de Velarde! que el prototipo se construyo y se probo en el Sahara. 




¿ESPAÑA TIENE PODER ATOMICO?
¿DONDE LO GUARDA?









 Al proyecto de la bomba de plutonio, el desarrollo de sus componentes y a una futura fabricación y prueba de las bombas le puse el nombre de Proyecto Islero, en recuerdo del miura que mató a Manolete y que presentía terminaría matándome a disgustos". En 1963, Guillermo Velarde, físico y militar del Ejército del Aire, ya era consciente de lo que se le venía encima: la titánica tarea de poner en marcha un proyecto científico de élite con el objetivo de meter a España de lleno en uno de los clubs más exclusivos del mundo, el de las naciones nucleares.

 

Dadas las implicaciones del proyecto, los científicos no serían los únicos desafíos a superar, ya que la política interna y externa de la dictadura primero y la democracia después tendrían mucho que decir al respecto y de hecho serían las responsables de que España finalmente no tuviese armas atómicas.

 

Velarde lo cuenta todo en 'Proyecto Islero. Cuando España pudo desarrollar armas nucleares', la "historia de una España que pudo ser y no ser", una detallada crónica de nuestra carrera nuclear que comienza con el accidente nuclear de Palomares en 1966, en el que Velarde recibió el encargo de examinar los restos de las dos bombas y de recoger muestras para ser analizadas en la Junta de Energía Nuclear (centro de investigación y órgano asesor del Gobierno en temas de seguridad y protección nuclear), y termina a principios de los años 80, cuando España renunciaba oficialmente a la fabricación de armas nucleares.

Átomos para la Paz y Marruecos

Años antes de esta historia, en 1955, España había firmado con Estados Unidos un acuerdo de cooperación nuclear dentro del programa Átomos para la paz que sirvió para que nuestro país no partiese de cero en el desarrollo nuclear: gracias a aquellas ayudas, en diciembre de 1958 Franco inauguró el Centro de Energía Nuclear Juan Vigón en la Ciudad Universitaria de Madrid.

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Fueron las complicadas relaciones con Marruecos a partir de su independencia en 1956 las que hicieron surgir el interés por una bomba atómica española. Los altos mandos militares, con Franco y Carrero Blanco a la cabeza, comenzaron a ver la bomba como una necesidad para reforzar el papel de España en Europa y para disuadir a Marruecos de atacar sus territorios fuera de la Península. En caso de conflicto, Estados Unidos ya había avisado de que no iba venir en su ayuda.

 

Por eso en 1963 comenzó a fraguarse la idea de una bomba atómica española, con el encargo de un informe sobre las posibilidades reales que había de construirla sin alertar a la comunidad internacional. Unas posibilidades que no parecían muy prometedoras en un principio, hasta que el accidente de Palomares hizo caer en manos de los técnicos españoles restos de las bombas americanas. A partir de la investigación de esos restos se puso de nuevo en marcha el Proyecto Islero.

Plutonio y un proyecto secreto

Desde el principio, el Proyecto Islero se mantuvo en secreto. Cuenta Velarde cómo los distintos equipos que trabajaron en él no sabían a qué se dedicaban los demás ni cuál era el fin último de sus investigaciones. El trabajo se dividió en dos fases: "la primer correspondía al proyecto de la bomba atómica en sí, y la segunda a la construcción de un reactor nuclear, de la fábrica de los elementos combustibles del reactor y de la planta de extracción del plutonio de los elementos combustibles sacados de este reactor".

 

Velarde apostó en todo momento por una bomba de plutonio, y no de uranio. El uranio 325, del que se necesita un 80% para construir una bomba atómica, había que obtenerlo en plantas de difusión gaseosa, que por coste, consumo eléctrico y dificultades técnicas estaban fuera del alcance de España. El plutonio 239, que forma al menos el 94% de una bomba atómica de esta base, se podía conseguir en un reactor nuclear pequeño y una potencia térmica cien veces inferior a los utilizados para producir electricidad.

 

La pega era que, con este segundo elemento, el proceso posterior de fabricación de la bomba era mucho más complejo, "pero debido a la gran capacidad científica y técnica de la mayoría de los investigadores de la JEN", asegura Velarde en su libro, "estaba totalmente convencido de que podía desarrollarse y construirse".

Pospuesto indefinidamente por orden de Franco

Pero Franco no veía nada clara esta opción. En una reunión que mantuvo con él en 1966, Velarde recibió la orden de posponer indefinidamente el desarrollo del proyecto. El dictador estaba convencido de que antes o después sería imposible mantenerlo en secreto, y España no estaba en condiciones de soportar otras sanciones económicas. A cambio, permitió que las investigaciones siguiesen adelante, siempre desligadas de las Fuerzas Armadas, y se comprometió a no firmar un acuerdo internacional que se estaba negociando en ese momento para prohibir la fabricación de armas nucleares. Pero eso era todo por el momento.

 

El General Franco estaba convencido de que antes o después sería imposible mantenerlo en secreto, y España no podría soportar otras sanciones económicas

 

Así que cuando el 1 de julio de 1968 casi 50 países firmaron el Tratado de No Proliferación Nuclear, España no estaba entre ellos. Poco tiempo después se instalaba en la sede de la Junta de Energía Nuclear (JEN, hoy Centro de Investigaciones Energéticas Medioambientales y Tecnológicas) el primer reactor español con capacidad para producir plutonio para las bombas, y los primeros gramos de este material se obtuvieron el año siguiente.

 

En 1971, a instancia de Manuel Díez Alegría, jefe del Alto Estado Mayor, Velarde retoma el proyecto Islero. Díez Alegría opinaba que "la defensa de España no debía dejarse en manos de Estados Unidos ni de la OTAN, aunque en un futuro pudiésemos entrar en esta organización. España necesitaba su propia fuerza de disuasión nuclear". Un informe elaborado por Velarde y otros militares ese mismo año concluía que España podía poner en marcha con éxito "la opción nuclear". Las miras estaban puestas en la central de Vandellós, donde se podría obtener el plutonio de forma discreta (de tecnología francesa, el general Charles De Gaulle apoyaba la idea de una España atómica), y se barajaba el desierto del Sáhara como lugar para realizar las pruebas.

Carrero Blanco y  Henry Kissinger

Dos años después, Carrero Blanco se convertía en presidente del Gobierno. Sin muchas simpatías con EEUU ni Israel, quería una relación entre iguales con los estadounidenses: si querían seguir utilizando las bases en territorio español, tendrían que compartir sofisticada tecnología militar y comprometerse a defender al país en caso de ataque.

 

La víspera del atentado en el que murió, el 19 de diciembre de 1973, Carrero Blanco se reunió con Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano, con la idea de presionarle para que firmase un nuevo tratado de colaboración que incluyese sus peticiones. Bajo el brazo llevaba dos folios que resumían el Proyecto Islero: España podía fabricar bombas atómicas, y lo haría si no se llegaba a un acuerdo por el que EEUU garantizase su seguridad. Horas después de esa reunión, en la que no logró arrancar a Kissinger un acuerdo concreto, Carrero Blanco moría al explotar una bomba bajo su coche.

La bomba durante la Transición

Ni su muerte, ni la de Franco dos años después, supusieron el fin del Proyecto Islero. Según relata Velarde, a los pocos días del atentado, con Carlos Arias Navarro como nuevo presidente del Gobierno, recibió la noticia de que se iba a avanzar con el objetivo de disponer de un pequeño arsenal de bombas atómicas para el final de la década.

 

Pero la fuerza del proyecto se fue desgastando, primero porque desaparecieron de la escena todos los que lo habían impulsado desde las instancias políticas y militares, y segundo porque cuando en 1977 Jimmy Carter llegó a la presidencia, EEUU siguió presionando para que España firmase el Tratado de No Proliferación. Sin embargo, el Islero no desapareció sin más: en 1976 el ministro de Exteriores del primer gobierno de la Transición seguía insistiendo en la intención de "no ser los últimos de la lista" en tener la bomba. En 1977 se conocía el alcance proyectado para el Centro de Investigación Nuclear de Soria: 140 kilos de plutonio al año, suficiente para fabricar 23 bombas anuales.

 

Siguiendo indicaciones americanas, el OIEA estableció que todas las instalaciones nucleares españolas tendrían que someterse al control de sus inspectores

 

Los años siguientes fueron duros para la joven democracia española. A una campaña de atentados de ETA y las reivindicaciones nacionalistas en País Vasco y Cataluña había que añadir la inestabilidad política. Mientras, el presidente estadounidense Carter seguía presionando para conseguir un compromiso antiatómico de España, con amenazas de boicot económico incluido.

 

En una entrevista de Velarde con Adolfo Suárez, éste mostraba su interés con seguir adelante hacia la bomba atómica, así que España se resistía a firmar un acuerdo de no proliferación, pero hacía pequeños gestos para librarse de las presiones sin comprometer sus posturas futuras, pero la situación se complicaba. Siguiendo indicaciones americanas, el Organismo Internacional para la Energía Atómica estableció que todas las instalaciones nucleares españolas, y en especial el reactor Vandellós 1, tendrían que someterse al control de sus inspectores. "En caso contrario, EEUU impediría la importación de algunos componentes para las centrales nucleares productoras de energías eléctrica que se estaban contruyendo en España".

 

El golpe de Estado de 1981 puso la guinda de una época convulsa. En abril de 1981, algo más de un mes después del golpe de Tejero y ya con el nuevo gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo, España aceptaba las condiciones de Estados Unidos y sometía sus instalaciones al control de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. "Esto clausuraba de forma oficial el Proyecto Islero", lamenta Velarde. Años después, en 1987, el PSOE firmaba el Tratado de No Proliferación como parte del acuerdo para la integración en la Comunidad Económica Europea.






















jueves, 13 de mayo de 2021

PALOMA EN MADRID (libro que describe la vida en Madrid durante el primer año de Guerra Civil: los registros domiciliarios, las checas, los "paseos", la persecución religiosa, la práctica de la religión de catacumba, las colas para adquirir alimentos, los refugiados en las embajadas, los intentos de escapar de Madrid.)

 


María Cabrera Zapata



Paloma es el seudónimo que oculta la identidad de la autora del diario, una andaluza llamada María Cabrera Zapata, nacida en Arcos de la Frontera el 12 de septiembre de 1902


“En la vida olvidaré aquello… En una hondonada entre aquellos solares había regados por el suelo unos catorce cadáveres. Enseguida comprendí que eran monjitas; algunas tenían restos de hábitos. Me quedé suspensa mirando; algunas estaban casi desnudas; otras estaban caídas en montón; una estaba de espaldas y tenía las manos juntas como rezando. ¡Dios mío, qué horror! El suelo estaba regado de manchas oscuras y de pedazos de trapos y las caras, hinchadas y negruzcas, daban miedo.

En aquel cuadro de espanto se movían de un lado para otro tres mujeres, dos chicos y un perro; les estaban quitando a los cadáveres lo que podían aprovechar; los zapatos, las medias, los vestidos…, un chico llamaba a otro para que le ayudase a desenredar un rosario del que tiraba…, una mujer había apoyado un cadáver contra ella y se afanaba en desatar o desabrochar algo… Daba asco y espanto ver aquello, en pleno sol, bajo un cielo hermosísimo”.









PALOMA EN MADRID es el primera publicación de una colección de libros de la editorial SAN ROMAN que se titula así: TESTIGOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. PALOMA EN MADRID es el diario de una mujer en el que describe la vida en Madrid durante el primer año de Guerra Civil: los registros domiciliarios, las checas, los "paseos", la persecución religiosa, la práctica de la religión de catacumba, las colas para adquirir alimentos, los refugiados en las embajadas, los intentos de escapar de Madrid... Este libro se escribió durante la Guerra, el manuscrito estuvo escondido hasta que su autora se paso al bando nacional y se publicó en 1939. El autor es Alfonso de Ascanio que corrigió el estilo del diario para su publicación, respetando fielmente el contenido del diario. PALOMA EN MADRID ve ahora su segunda edición, anotada por José Manuel Ezpeleta, uno de los mejores conocedoras del desarrollo de la Guerra Civil en Madrid. Transcribimos a continuación el texto de la contraportada del libro:

“Nos encontramos ante un libro que nos enseña la tenacidad y el ímpetu de una mujer, que no se arrugaba ante nada ni ante nadie. Siempre demostró tener unos valores humanos y una honestidad pétrea en situaciones muy difíciles de mantener en aquel ambiente revolucionario en el que se convirtió Madrid.

Finalmente, y tras pasar varias dificultades a la hora de sacar el pasaporte y poder salir de la capital, logró salvarse con sus hijos y dejarnos a través de sus cuartillas un relato en primera persona, que nos muestra a modo de ejemplo, cómo se vivió aquella guerra en una ciudad llena de peligros y persecución religiosa contra toda aquella población inocente que padeció las penurias, la persecución y los asesinatos”.

(Del prólogo escrito por José Manuel de Ezpeleta)


Estos párrafos pertenecen al diario que “Paloma” escribió, en el que cuenta sus vivencias en Madrid, durante el primer año de la Guerra Civil española. Dicho diario se publicó por primera vez en 1939 con el título Paloma en Madrid. Memorias de una española. De julio 1936 a julio 1937. Y esta misma semana ha aparecido en las librerías la segunda edición, que encabeza una colección de libros de la editorial San Román titulada Testigos de la Guerra Civil Española.

Paloma es el seudónimo que oculta la identidad de la autora del diario, una andaluza llamada María Cabrera Zapata, nacida en Arcos de la Frontera el 12 de septiembre de 1902. El autor del libro es Alfonso Ascanio, quien respetando fidelísimamente los sucesos que se cuentan en el diario, corrige el estilo y oculta los nombres de los protagonistas. Se entiende que así lo hiciera, pues si bien la primera edición es de 1939, el original se dio a la imprenta en 1938, cuando todavía no había acabado la Guerra Civil.

Prueba de la fidelidad al contenido del diario original son dos fotos del cuadernillo de 16 páginas que ilustran la edición. Paloma ayudó a unas cuantas personas que eran perseguidos por el Frente Popular, a unos les escondió en su casa y cuando pudo a otros les buscó un refugio en las embajadas, como es el caso de uno de sus amigos llamado Arturo.

En el libro se cuenta cómo Arturo pudo refugiarse en un piso de la calle Marqués de Riscal, perteneciente a la Legación de Rumanía. Pero lo que no dice el libro es el nombre de la persona con la que Paloma se entendió. Por eso, es todo un acierto que en el cuadernillo de fotos se publique esa página manuscrita del diario en la que Paloma cuenta que fue Henry Helfant su contacto en la embajada.

El relato de Paloma concuerda con las investigaciones llevadas a cabo recientemente. En efecto, la Legación de Rumanía realizó una importante ayuda a los refugiados, que ha sido estudiada por un colega y gran amigo mío, Antonio Manuel Moral Roncal, catedrático como yo de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá, en su libro Estudios sobre el asilo diplomático en la Guerra Civil Española. Concretamente en el capítulo II del libro, titulado El asilo de la Legación Real Rumana a través de los archivos españoles y rumanos, páginas 41 a 76, el profesor Moral Roncal afirma: “El embajador rumano en España, Ioan Th. Florescu, se trasladó a territorio francés, por lo que al frente de la Legación Real rumana se situó el consejero Constantin Zanesco, que sería nombrado encargado de negocios y ministro plenipotenciario más adelante; el cual contó con la ayuda del agregado comercial y de prensa Henry Helfant”.

Pocos relatos tan vivos como este se pueden leer de lo sucedido en “el Madrid rojo” de la Guerra Civil. Paloma retrata la verdad de la vida en la capital de España durante esos meses: los registros de los milicianos en las casas, los asesinatos a plena luz del día, las checas, la práctica de una religión de catacumba, la lucha por encontrar comida para sobrevivir…

Pero lo que más me ha llamado la atención de estas páginas es el verdadero motivo que a Paloma le impulsa a huir del bando republicano, para pasarse al bando nacional a través de Francia. A Paloma le sorprende el estallido de la guerra en Madrid con sus dos hijos y con su madre. Esta mujer que se levanta cuando faltan tres y cuatro horas hasta el amanecer para pedir la vez en las colas donde puede conseguir alimentos o carbón, llega a pasar verdadera necesidad. Y sin embargo, lo que de verdad le empuja a abandonar Madrid es la degradación moral con que se vive en la ciudad, envuelta en una atmósfera que no quiere que la respiren sus hijos.

Por si fuera poca la riqueza informativa del diario de Paloma, esta segunda edición de la editorial San Román ha corrido a cargo de uno de los mejores conocedores de la Guerra Civil en Madrid, como es José Manuel Ezpeleta, que ha enriquecido el texto original con unas notas a pie de página de sumo interés, que ayudan a comprender y a encuadrar históricamente el relato de Paloma.

Quiero acabar el artículo de este domingo con unos párrafos del prólogo de José Manuel Ezpeleta, que describen con exactitud la aportación de esta publicación: “El libro sacado de las notas escritas a mano, tiene un valor histórico importantísimo a la hora de describir la forma aleatoria y caprichosa de cómo se detenía a la gente, sin más pretexto, que el de ser sospechoso por fascista, además de sentir de cerca el peligro constante en las calles, en los domicilios y en los sótanos cuando se producían los bombardeos aéreos.




viernes, 16 de abril de 2021

Los Bolcheviques condenaron a Dios por «genocidio» en 1918 y lo FUSILARON con Cinco Ráfagas de Ametralladora al "CIELO"

 



la "URSS Bolchevique y Comunista" condenó a Dios por «genocidio» y lo fusiló en 1918



Poco después de instaurarse la Revolución comunista de 1917, un comisario de Lenin se dedicó a perseguir a la Iglesia, convencido de que podía erradicar sus casi dos mil años de historia de un plumazo. Este "pobre diablo" se espantaría al ver las 12 catedrales de Moscú construidas por Putín. 




El 16 de enero de 1918 fue el día elegido para que se celebrara aquel acto sin precedentes que se alargó durante cinco horas y fue presenciado por una gran cantidad de público. A simple vista no parecía haber diferencias entre aquel juicio «divino» y otro terrenal. Los detalles estaban perfectamente cuidados, como si de un proceso legal se tratara, con una una Biblia en el banquillo de los acusados.

Lunacharski no era exactamente un ignorante en lo que a cuestiones religiosas se trataba. Todo lo contrario. El presidente del tribunal había aprovechado sus años en París y las largas temporadas que había pasado en la cárcel antes de 1917, para estudiar intensamente la historia de las religiones. De ahí surgió la idea de su ensayo «Religión y socialismo», cuya intención no era otra que incorporar al marxismo los preceptos sobre la salvación humana que encontró en el cristianismo. Esto provocó una violenta condena por parte de sus camaradas del partido comunista ruso, algunos de los cuales acabaron convirtiéndose en sus enemigos.

Tras cinco horas de testimonios, apelaciones y protestas, el tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos por los que era juzgado. A continuación, Lunacharski leyó la sentencia: el Señor era condenado a muerte y debía ser fusilado a la mañana siguiente. Hasta entonces, sus abogados no tendrían derecho a interponer ningún tipo de recurso ni establecer el más mínimo aplazamiento. Al amanecer del día 17 de enero del 1917, un pelotón llevó a cabo los deseos del juez disparando varias (5) ráfagas de ametralladora al Cielo de Moscú. 

Pocos años después, entre 1923 y 1929, la astucia del pensamiento bolchevique aconsejó no repetir este tipo de actos ni la persecución abierta contra la Iglesia de los años anteriores. El mismo Lunacharski condenó los excesos cometidos en este sentido. Lo hizo poco antes de morir, el 26 de diciembre de 1933, justo durante su viaje a España, donde acudía para ocupar el cargo de embajador ruso en la Segunda República.


En el cerro de LOS ANGELES fusilaron la imagen sagrada de Jesús. Los Republicanos dijeron que la Foto era un montaje Fascista, ignorando la enfermiza obsesión
 de los bolcheviques de fusilar a DIOS desde sus tristes inicios



Película la Vía Láctea (Luis Buñuel Ateo por la Gracia de Dios) - El sueño del fusilamiento del Papa.flv




¡PERO LO CIERTO DE TODAS ESTAS BLASFEMIAS GRATUITAS, PROPICIARON QUE, PRIMERO EN "LA VANDEE" (Francia) ,EN MEXICO (CRISTEROS) Y LUEGO EN ESPAÑA, SE PERPETRARON LOS HOLOCAUTOS DE RELIGIOSOS Y PERSONAS CREYENTES CATOLICOS MAS GRANDES DE LA HISTORIA, SUPERANDO A LOS CIRCOS ROMANOS EN LA EPOCA PRE-CONSTANTINO!




martes, 13 de abril de 2021

Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832)

 





Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832)

 Fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán, referente fundamental del Romanticismo, movimiento al que influenció profundamente. 




Autor: Martí Domínguez

Profesor titular de Periodismo de la Universitat de València, es director de la revista Mètode, una publicación trimestral dedicada a la divulgación científica. Es autor de las novelas Les confidències del comte de Buffon (ganadora de los premios Andrómina y Crexells) y de El secret de Goethe (ganadora del premio Prudenci Bertrana). Compagina su actividad en prensa com a divulgador científic con su actividad literaria.

Marti.Dominguez@uv.es

La obra científica de Goethe ha sido estudiada con bastante detalle, aunque evidentemente de una manera mucho más tangencial y desapasionada que la literaria. A menudo se ha considerado su esfuerzo científico un diletantismo sin sentido, una excentricidad de un genio de dimensiones olímpicas, acuciado por el deseo de universalidad. No obstante, como indica Henri Bortoft, actualmente parece que vivimos una época de recuperación de la ciencia goethiana, y que su interpretación tanto de la física newtoniana como de su visión de la naturaleza se estudia desde nuevas perspectivas. Sin embargo, la obra de Goethe de divulgador de la ciencia aún no ha sido abordada con suficiente profundidad: no sólo porque a menudo los científicos han creído descubrir en el autor del Werther a un diletante, sino porque con frecuencia han interpretado sus escritos –fundamentalmente desde el campo de la poesía y del ensayo– como un instrumento con el cual fortalecer sus falsías. El propio Goethe se quejaba amargamente al poeta Eckermann de aquella actitud recelosa de la comunidad científica: «Los sabios, y especialmente los matemáticos, no dejarán de encontrar ridículas mis ideas, y quizá hagan algo mejor: como gente distinguida que son, las ignorarán completamente».




Y, en efecto, la obra de Goethe como científico ha sido en gran parte ignorada. A los litterateurs à thèse les cuesta reconciliar al autor del Werther con el descubridor del hueso intermaxilar. Y, no obstante, en pocos escritores la vida se une –o se reúne– con la obra con tanta frecuencia. Los pasos por la literatura y los pasos por la ciencia del autor del Fausto, no son más que una traslación de sus tambaleantes pasos por la vida. De una situación, de una especial coyuntura, surgirá una obra literaria, de otras inesperadas y casuales circunstancias, sus descubrimientos científicos. En este sentido, si Goethe no hubiese sido invitado por el Duque Carl-August a Weimar, su interés por las ciencias naturales no se habría desarrollado con tanta energía. Pero su aislamiento en aquel hermitage de los bosques de Weimar, junto al bello riachuelo del Ilm, condujo a Goethe a interesarse por la botánica, y muy especialmente por la obra taxonómica de Linneo. Si el Werther es el resultado de sus desamores con Charlotte Buff (y de la adaptación del suicidio de Jerusalem), sus inicios botánicos son la consecuencia de su refugio en Weimar, de su contacto con los guardas forestales del duque, y en muchos aspectos también de su desencuentro con la baronesa Charlotte von Stein, un nuevo y apasionado amor. En las relaciones de Goethe con la baronesa hay algo del Saint-Preux de La nueva Eloísa, y en su refugio en la botánica, una ensoñación rousseauniana. El poeta se refugia en la botánica como lo hiciera Jean-Jacques: la naturaleza se convierte en el exutorio de su alma atormentada, con el poema a los Alpes de Haller y los Idilios de Gesner de fondo, y junto a la poesía se entremezclan otras lecturas eruditas, como la Historia natural de Buffon o la filosofía de Spinoza.




Esa espontaneidad vitalista, ese romanticismo desbordado ante la naturaleza, lo hacen más amante que estudioso de la naturaleza. Goethe nunca fue un buen taxónomo, nunca tuvo afán de exhaustividad. La curiosidad –ese ferviente deseo de aprender que lo caracteriza incluso en la vejez– lo llevan azarosamente de un campo a otro, que siempre busca interrelacionar. En su actitud ante las plantas, sin duda hay una mimesis del espíritu rousseauniano (en su casita del parque del Ilm se transformará en «el amigo de las plantas retirado del mundo»), pero, como al conde Buffon, a Goethe le interesa también descubrir las leyes comunes a los seres vivos. En su poema Epirrema indica su actitud ante el estudio de la naturaleza:

 

                                                Al contemplar la Naturaleza

                                    No perdáis nunca de vista

                                    ni el conjunto ni el detalle

                                    que en su vastedad magnífica

                                    nada está dentro ni fuera;

                                    y por rara maravilla

                                    anverso y reverso son

                                    en ella una cosa misma.

                                    De este modo, ciertamente,

                                    aprenderéis en seguida

                                    este sagrado secreto

                                    que miles de voces publican.


A Goethe le interesa más el conjunto que el detalle; es, por así decirlo, un filósofo que se sirve de la naturaleza, que busca el «sagrado secreto» que caracteriza a los seres vivos. La llegada a Weimar del filósofo Johann Gottfried von Herder, que preparaba su magna obra Ideas sobre la filosofía, representó un nuevo y definitivo estímulo. En sus escritos, Herder propone que existe una forma principal propia a todo lo viviente, un arquetipo que se encuentra presente en todo ser vivo.

Este estudio de la naturaleza, se amplía con sus trabajos osteológicos. Goethe conoció al reverendo J.C. Lavater en el transcurso de un viaje a Zurich, el cual lo animó a que participara en su obra fisionómica. Lavater había desarrollado un método que, en función de los rasgos faciales, acertaba a predecir el carácter de las personas. De este modo, escribía de Voltaire:

 

«¡Qué significativos de cinismo ingenioso son los rasgos de Voltaire! La parte superior de la nariz es la más graciosa, pero esta expresión disminuye hacia su extremo. La boca es extremadamente característica del ingenio y de la gracia satírica, de la vanidad, y de la satisfacción por la avaricia.»

 

En cambio, de Lutero indicaba:

 

«¡Qué vulgar, qué pobre es este rostro para el gran, único, incomparable Lutero, el cual, a pesar de todos sus monstruosos defectos, fue el honor de su época, de Alemania y de la raza humana! Este rostro, digo, es todo menos bello; aunque se descubre al hombre firme e intrépido! ¡Qué mente, qué entusiasmo revelan sus ojos! ¡Qué industria y qué humildad en la boca! Resulta innecesario remarcar la inflexibilidad y el poder del mentón y del cuello.»

 

Lavater quería demostrar que el cráneo –su estructura ósea– era el responsable último de la fisionomía. Animado por el reverendo suizo, Goethe empezó sus estudios de osteología comparada, que lo conducirían al descubrimiento del hueso intermaxilar, su mayor y más indiscutible éxito científico. Hasta entonces se creía que el hombre se diferenciaba de los primates por no tener los cuatro dientes incisivos situados en un hueso empíricamente aislable, conocido con el nombre de hueso intermaxilar (os incisivum). Era la única diferencia clara que los naturalistas habían encontrado entre el esqueleto de los simios y el del hombre, y en aquel hueso insignificante se sostenían muchas de las teorías del origen divino de la especie humana. Goethe, que buscaba esa unidad de la naturaleza, encontraba injustificable esta ausencia, y motivado por Lavater empezó a estudiar los cráneos de distintos animales (del elefante, del oso hormiguero, del hipopótamo, del camello, del león marino, del tigre, etc.) y a compararlos con el del hombre. Finalmente, pudo probar que el hueso intermaxilar estaba también presente en el hombre, y que resultaba claramente visible en el feto humano, antes de fundirse con la mandíbula superior. Este descubrimiento le puso en contra a los principales anatomistas del momento, entre ellos a los influyentes Blumenbach y Camper.




BAROMETRO DE Goethe

 

La metamorfosis italiana

           

En septiembre de 1786, diez años después de su llegada a Weimar, Goethe emprendió un viaje a Italia que resultó trascendental en su vida, y por tanto, en su obra literaria y científica. Su partida de Weimar se llevó a cabo en secreto, sin advertir a la baronesa Von Stein, con la que durante todos aquellos años había mantenido un idilio platónico, plagado de conflictos sentimentales. Goethe seguirá en cierto modo los pasos de su padre, que en su juventud realizó un largo periplo por la península italiana, lo que entonces se conocía como un Kavalierstour. Durante su viaje, Goethe cultivará su afición por la pintura, y realizará bellas panorámicas de la Ciudad Eterna, así como del paisaje romano. Como indica en su sugerente crónica del viaje, a Goethe le sorprende la variedad infinita de la botánica mediterránea: los pinos piñoneros, los palmitos, las plantas crasas, las piteras..., todo estimula su imaginación. El carácter colorinesco del pueblo romano, tan distinto del alemán, le conducirá a hacer propio el pensamiento de Montesquieu de que el clima modula el carácter de los hombres. Y no sólo el carácter de los hombres: Goethe a lo largo de su viaje irá observando cómo las plantas se van adaptando al progresivo cambio del clima. Esta manifestación del mediterráneo, que lo deslumbra y confunde al mismo tiempo, alcanzará su cenit en Nápoles. En las faldas del Vesubio, se apasionará de la enorme plasticidad de las plantas, de cómo consiguen acomodarse a las condiciones cambiantes, a las situaciones extremas. En Nápoles desarrollará su conocida tesis de la metamorfosis de las plantas: Goethe intuyó que todas las plantas, o al menos su gran mayoría, provenían de una primera planta –el arquetipo–. Los cotiledones, las dos primeras hojas embrionarias, habrían sido la base de la planta prototípica, y todos los órganos posteriores de la planta (espinas, estambres, pistilos, etc.) no serían más que una transformación posterior de dichos cotiledones. En una significativa carta enviada a Herder le desvelaría su descubrimiento:

 

«Estoy a punto de descubrir el secreto de la generación y de la organización de las plantas. (...) La planta primordial (Urpflanze) será la más extraña criatura del mundo. Con este modelo y con la clave que la explica se pueden inventar plantas hasta el infinito, es decir, que aunque no existan, podrían perfectamente hacerlo y que no son tan sólo sombras o apariencias pictóricas o poéticas, pero que contienen una verdad y una necesidad interiores. La misma ley se podría aplicar a todas las otras criaturas vivientes.»

[Carta a Herder, 17 de mayo de 1787]

 

A su vuelta a Weimar, inició la redacción de un tratado sobre la transformación de las plantas. En el prólogo de su ensayo, explica las condiciones que lo motivaron al estudio de la naturaleza: «De regreso a Alemania y como expulsado, pues, de modo irrevocable, del espléndido elemento artístico italiano, entregado a la desesperación, sentí más vivamente el valor y la dignidad del elemento-naturaleza. En él busqué salud y consuelo». Goethe –como Rousseau– busca en la naturaleza, y en sus leyes, un refugio del alma, un consuelo a sus dificultades amorosas con Charlotte von Stein. Y no sólo en la naturaleza... Durante este período, el poeta se enamorará de Christianne Vulpius, una florista de Weimar, ¡20 años más joven que Charlotte von Stein! Si Jean-Jacques Rousseau convivió con Thérèse, una camarera que conoció en un café de París, Goethe, a partir de este momento, compartiría gran parte de su vida con aquella ingenua y superficial florista.





 

La más extraña criatura del mundo

 

Goethe escribiría para Christiane una versión divulgativa de su nueva teoría científica. El largo poema de La metamorfosis de las plantas (1790), es una excelente adaptación de su concepción científica, en la que va explicando cómo desde una hoja ideal se van originando, por sucesivas transformaciones las distintas partes de la planta (la flor, los estambres y el pistilo, la hoja, la semilla, etc.). El poema se inicia con una breve introducción, en la que exhorta a la amada a descubrir con él las leyes ocultas de la naturaleza:

 

Te disturba, oh amada, la mezcla de miles

de flores aquí y allá en el jardín;

muchos nombres escuchaste, y siempre suplanta,

con bárbaro sonido, el uno al otro en el oído.

Todas las formas son análogas, y ninguna se asemeja a la otra;

así indica el coro una ley oculta,

un sagrado enigma. ¡Oh, si yo pudiese, querida amiga,

transmitirte al instante la feliz palabra que lo desvela!

 

                                   

Sigue una explicación de cómo subyace en la semilla una poderosa fuerza interna que permite el desarrollo de las dos primeras hojas embrionarias, los cotiledones:

 

Observa en su devenir cómo la planta poco a poco,

gradualmente guiada, se forma en flor y fruto.

Se desarrolla a partir de la semilla, apenas de la tierra

el seno que fecunda en silencio le da la vida,

al estímulo de la luz sagrada, eternamente moviente,

la delicadísima estructura de las hojas que nacen encomienda.

 

 

Yace en la semilla la fuerza simple: un modelo incipiente,

cerrado en sí mismo, replegado bajo el envoltorio,

hoja, raíz y brote, sólo medio configurado y sin color;

así el grano seco conserva a cubierto la vida serena,

que irrumpe hacia lo alto, se confía a la humedad benigna,

y de la noche circunstante surge.

 

 

De la transformación de los cotiledones, se van originando las diferentes partes de las plantas, entre ellas las flores, los estambres y el pistilo:

 

(...) En círculo se ponen ahora, contadas y sin número,

las hojas más pequeñas junto a sus semejantes.

Alrededor del eje hinchado se define el cáliz que esconde,

y a la forma más alta prodiga coronas de color.

 

 

(...) Pero la magnificencia será proclamación de nueva productividad.

Sí, la hoja coloreada siente la mano divina,

y se contrae rápidamente; las formas más finas,

tienden hacia delante, determinadas a unirse.

Se unen íntimamente las parejas afines, juntas

se ordenan en círculo alrededor del consagrado altar.

 

Finalmente, se produce la fecundación. Goethe no puede evitar hacer una emocionada alusión a la amada:

 

Himeneo ronda por allí, y magnífica fragancia, con fuerza,

dulce olor, afluye, reavivándolo todo alrededor.

Ahora aislados se llenan gérmenes infinitos

envueltos en el seno materno del fruto que se hincha.

Y aquí el anillo de las fuerzas eternas de la naturaleza se cierra...

vuelve ahora, oh amada, la mirada al abigarrado hormigueo;

verás como tu mente ya no se confunde.

Toda planta te proclama ahora leyes eternas.

Toda flor conversa claramente contigo.

 

 

Este poema fue muy bien recibido por la crítica, así como –al decir de Goethe– por la propia Christine. No obstante, el poeta no podrá evitar algunos comentarios satíricos y burlones de la «buena sociedad», sobre los auténticos motivos de su metamorfosis. En cualquier caso,

a partir de este momento, Goethe utilizará la poesía para dar mayor difusión a sus ideas científicas. Con estos poemas buscaría acercar la ciencia –sus percepciones científicas– a un amplio público lector. Sin duda, su relación con Christiane lo animó a simplificar en algunos casos el contenido de sus obras. Ciencia y literatura, arte y filosofía, se unirían en una gran amalgama en la obra de Goethe. Y también la divulgación de la ciencia. Como escribía al inicio de uno de sus trabajos científicos:

 

«Nadie quería comprender la unión íntima de la poesía y de la ciencia; se olvidaban que la poesía es la fuente de la ciencia y no se imaginaban que con el tiempo pueden formar una alianza estrecha y fecunda en las más altas regiones del espíritu humano.»




Y, sin duda, Goethe es uno de los mejores ejemplos de la fecunda unión de la ciencia y la poesía.

 


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