jueves, 13 de mayo de 2021

PALOMA EN MADRID (libro que describe la vida en Madrid durante el primer año de Guerra Civil: los registros domiciliarios, las checas, los "paseos", la persecución religiosa, la práctica de la religión de catacumba, las colas para adquirir alimentos, los refugiados en las embajadas, los intentos de escapar de Madrid.)

 


María Cabrera Zapata



Paloma es el seudónimo que oculta la identidad de la autora del diario, una andaluza llamada María Cabrera Zapata, nacida en Arcos de la Frontera el 12 de septiembre de 1902


“En la vida olvidaré aquello… En una hondonada entre aquellos solares había regados por el suelo unos catorce cadáveres. Enseguida comprendí que eran monjitas; algunas tenían restos de hábitos. Me quedé suspensa mirando; algunas estaban casi desnudas; otras estaban caídas en montón; una estaba de espaldas y tenía las manos juntas como rezando. ¡Dios mío, qué horror! El suelo estaba regado de manchas oscuras y de pedazos de trapos y las caras, hinchadas y negruzcas, daban miedo.

En aquel cuadro de espanto se movían de un lado para otro tres mujeres, dos chicos y un perro; les estaban quitando a los cadáveres lo que podían aprovechar; los zapatos, las medias, los vestidos…, un chico llamaba a otro para que le ayudase a desenredar un rosario del que tiraba…, una mujer había apoyado un cadáver contra ella y se afanaba en desatar o desabrochar algo… Daba asco y espanto ver aquello, en pleno sol, bajo un cielo hermosísimo”.









PALOMA EN MADRID es el primera publicación de una colección de libros de la editorial SAN ROMAN que se titula así: TESTIGOS DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. PALOMA EN MADRID es el diario de una mujer en el que describe la vida en Madrid durante el primer año de Guerra Civil: los registros domiciliarios, las checas, los "paseos", la persecución religiosa, la práctica de la religión de catacumba, las colas para adquirir alimentos, los refugiados en las embajadas, los intentos de escapar de Madrid... Este libro se escribió durante la Guerra, el manuscrito estuvo escondido hasta que su autora se paso al bando nacional y se publicó en 1939. El autor es Alfonso de Ascanio que corrigió el estilo del diario para su publicación, respetando fielmente el contenido del diario. PALOMA EN MADRID ve ahora su segunda edición, anotada por José Manuel Ezpeleta, uno de los mejores conocedoras del desarrollo de la Guerra Civil en Madrid. Transcribimos a continuación el texto de la contraportada del libro:

“Nos encontramos ante un libro que nos enseña la tenacidad y el ímpetu de una mujer, que no se arrugaba ante nada ni ante nadie. Siempre demostró tener unos valores humanos y una honestidad pétrea en situaciones muy difíciles de mantener en aquel ambiente revolucionario en el que se convirtió Madrid.

Finalmente, y tras pasar varias dificultades a la hora de sacar el pasaporte y poder salir de la capital, logró salvarse con sus hijos y dejarnos a través de sus cuartillas un relato en primera persona, que nos muestra a modo de ejemplo, cómo se vivió aquella guerra en una ciudad llena de peligros y persecución religiosa contra toda aquella población inocente que padeció las penurias, la persecución y los asesinatos”.

(Del prólogo escrito por José Manuel de Ezpeleta)


Estos párrafos pertenecen al diario que “Paloma” escribió, en el que cuenta sus vivencias en Madrid, durante el primer año de la Guerra Civil española. Dicho diario se publicó por primera vez en 1939 con el título Paloma en Madrid. Memorias de una española. De julio 1936 a julio 1937. Y esta misma semana ha aparecido en las librerías la segunda edición, que encabeza una colección de libros de la editorial San Román titulada Testigos de la Guerra Civil Española.

Paloma es el seudónimo que oculta la identidad de la autora del diario, una andaluza llamada María Cabrera Zapata, nacida en Arcos de la Frontera el 12 de septiembre de 1902. El autor del libro es Alfonso Ascanio, quien respetando fidelísimamente los sucesos que se cuentan en el diario, corrige el estilo y oculta los nombres de los protagonistas. Se entiende que así lo hiciera, pues si bien la primera edición es de 1939, el original se dio a la imprenta en 1938, cuando todavía no había acabado la Guerra Civil.

Prueba de la fidelidad al contenido del diario original son dos fotos del cuadernillo de 16 páginas que ilustran la edición. Paloma ayudó a unas cuantas personas que eran perseguidos por el Frente Popular, a unos les escondió en su casa y cuando pudo a otros les buscó un refugio en las embajadas, como es el caso de uno de sus amigos llamado Arturo.

En el libro se cuenta cómo Arturo pudo refugiarse en un piso de la calle Marqués de Riscal, perteneciente a la Legación de Rumanía. Pero lo que no dice el libro es el nombre de la persona con la que Paloma se entendió. Por eso, es todo un acierto que en el cuadernillo de fotos se publique esa página manuscrita del diario en la que Paloma cuenta que fue Henry Helfant su contacto en la embajada.

El relato de Paloma concuerda con las investigaciones llevadas a cabo recientemente. En efecto, la Legación de Rumanía realizó una importante ayuda a los refugiados, que ha sido estudiada por un colega y gran amigo mío, Antonio Manuel Moral Roncal, catedrático como yo de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá, en su libro Estudios sobre el asilo diplomático en la Guerra Civil Española. Concretamente en el capítulo II del libro, titulado El asilo de la Legación Real Rumana a través de los archivos españoles y rumanos, páginas 41 a 76, el profesor Moral Roncal afirma: “El embajador rumano en España, Ioan Th. Florescu, se trasladó a territorio francés, por lo que al frente de la Legación Real rumana se situó el consejero Constantin Zanesco, que sería nombrado encargado de negocios y ministro plenipotenciario más adelante; el cual contó con la ayuda del agregado comercial y de prensa Henry Helfant”.

Pocos relatos tan vivos como este se pueden leer de lo sucedido en “el Madrid rojo” de la Guerra Civil. Paloma retrata la verdad de la vida en la capital de España durante esos meses: los registros de los milicianos en las casas, los asesinatos a plena luz del día, las checas, la práctica de una religión de catacumba, la lucha por encontrar comida para sobrevivir…

Pero lo que más me ha llamado la atención de estas páginas es el verdadero motivo que a Paloma le impulsa a huir del bando republicano, para pasarse al bando nacional a través de Francia. A Paloma le sorprende el estallido de la guerra en Madrid con sus dos hijos y con su madre. Esta mujer que se levanta cuando faltan tres y cuatro horas hasta el amanecer para pedir la vez en las colas donde puede conseguir alimentos o carbón, llega a pasar verdadera necesidad. Y sin embargo, lo que de verdad le empuja a abandonar Madrid es la degradación moral con que se vive en la ciudad, envuelta en una atmósfera que no quiere que la respiren sus hijos.

Por si fuera poca la riqueza informativa del diario de Paloma, esta segunda edición de la editorial San Román ha corrido a cargo de uno de los mejores conocedores de la Guerra Civil en Madrid, como es José Manuel Ezpeleta, que ha enriquecido el texto original con unas notas a pie de página de sumo interés, que ayudan a comprender y a encuadrar históricamente el relato de Paloma.

Quiero acabar el artículo de este domingo con unos párrafos del prólogo de José Manuel Ezpeleta, que describen con exactitud la aportación de esta publicación: “El libro sacado de las notas escritas a mano, tiene un valor histórico importantísimo a la hora de describir la forma aleatoria y caprichosa de cómo se detenía a la gente, sin más pretexto, que el de ser sospechoso por fascista, además de sentir de cerca el peligro constante en las calles, en los domicilios y en los sótanos cuando se producían los bombardeos aéreos.




viernes, 16 de abril de 2021

Los Bolcheviques condenaron a Dios por «genocidio» en 1918 y lo FUSILARON con Cinco Ráfagas de Ametralladora al "CIELO"

 



la "URSS Bolchevique y Comunista" condenó a Dios por «genocidio» y lo fusiló en 1918



Poco después de instaurarse la Revolución comunista de 1917, un comisario de Lenin se dedicó a perseguir a la Iglesia, convencido de que podía erradicar sus casi dos mil años de historia de un plumazo. Este "pobre diablo" se espantaría al ver las 12 catedrales de Moscú construidas por Putín. 




El 16 de enero de 1918 fue el día elegido para que se celebrara aquel acto sin precedentes que se alargó durante cinco horas y fue presenciado por una gran cantidad de público. A simple vista no parecía haber diferencias entre aquel juicio «divino» y otro terrenal. Los detalles estaban perfectamente cuidados, como si de un proceso legal se tratara, con una una Biblia en el banquillo de los acusados.

Lunacharski no era exactamente un ignorante en lo que a cuestiones religiosas se trataba. Todo lo contrario. El presidente del tribunal había aprovechado sus años en París y las largas temporadas que había pasado en la cárcel antes de 1917, para estudiar intensamente la historia de las religiones. De ahí surgió la idea de su ensayo «Religión y socialismo», cuya intención no era otra que incorporar al marxismo los preceptos sobre la salvación humana que encontró en el cristianismo. Esto provocó una violenta condena por parte de sus camaradas del partido comunista ruso, algunos de los cuales acabaron convirtiéndose en sus enemigos.

Tras cinco horas de testimonios, apelaciones y protestas, el tribunal declaró finalmente «culpable» a Dios de los delitos por los que era juzgado. A continuación, Lunacharski leyó la sentencia: el Señor era condenado a muerte y debía ser fusilado a la mañana siguiente. Hasta entonces, sus abogados no tendrían derecho a interponer ningún tipo de recurso ni establecer el más mínimo aplazamiento. Al amanecer del día 17 de enero del 1917, un pelotón llevó a cabo los deseos del juez disparando varias (5) ráfagas de ametralladora al Cielo de Moscú. 

Pocos años después, entre 1923 y 1929, la astucia del pensamiento bolchevique aconsejó no repetir este tipo de actos ni la persecución abierta contra la Iglesia de los años anteriores. El mismo Lunacharski condenó los excesos cometidos en este sentido. Lo hizo poco antes de morir, el 26 de diciembre de 1933, justo durante su viaje a España, donde acudía para ocupar el cargo de embajador ruso en la Segunda República.


En el cerro de LOS ANGELES fusilaron la imagen sagrada de Jesús. Los Republicanos dijeron que la Foto era un montaje Fascista, ignorando la enfermiza obsesión
 de los bolcheviques de fusilar a DIOS desde sus tristes inicios



Película la Vía Láctea (Luis Buñuel Ateo por la Gracia de Dios) - El sueño del fusilamiento del Papa.flv




¡PERO LO CIERTO DE TODAS ESTAS BLASFEMIAS GRATUITAS, PROPICIARON QUE, PRIMERO EN "LA VANDEE" (Francia) ,EN MEXICO (CRISTEROS) Y LUEGO EN ESPAÑA, SE PERPETRARON LOS HOLOCAUTOS DE RELIGIOSOS Y PERSONAS CREYENTES CATOLICOS MAS GRANDES DE LA HISTORIA, SUPERANDO A LOS CIRCOS ROMANOS EN LA EPOCA PRE-CONSTANTINO!




martes, 13 de abril de 2021

Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832)

 





Johann Wolfgang von Goethe (1749 - 1832)

 Fue un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán, referente fundamental del Romanticismo, movimiento al que influenció profundamente. 




Autor: Martí Domínguez

Profesor titular de Periodismo de la Universitat de València, es director de la revista Mètode, una publicación trimestral dedicada a la divulgación científica. Es autor de las novelas Les confidències del comte de Buffon (ganadora de los premios Andrómina y Crexells) y de El secret de Goethe (ganadora del premio Prudenci Bertrana). Compagina su actividad en prensa com a divulgador científic con su actividad literaria.

Marti.Dominguez@uv.es

La obra científica de Goethe ha sido estudiada con bastante detalle, aunque evidentemente de una manera mucho más tangencial y desapasionada que la literaria. A menudo se ha considerado su esfuerzo científico un diletantismo sin sentido, una excentricidad de un genio de dimensiones olímpicas, acuciado por el deseo de universalidad. No obstante, como indica Henri Bortoft, actualmente parece que vivimos una época de recuperación de la ciencia goethiana, y que su interpretación tanto de la física newtoniana como de su visión de la naturaleza se estudia desde nuevas perspectivas. Sin embargo, la obra de Goethe de divulgador de la ciencia aún no ha sido abordada con suficiente profundidad: no sólo porque a menudo los científicos han creído descubrir en el autor del Werther a un diletante, sino porque con frecuencia han interpretado sus escritos –fundamentalmente desde el campo de la poesía y del ensayo– como un instrumento con el cual fortalecer sus falsías. El propio Goethe se quejaba amargamente al poeta Eckermann de aquella actitud recelosa de la comunidad científica: «Los sabios, y especialmente los matemáticos, no dejarán de encontrar ridículas mis ideas, y quizá hagan algo mejor: como gente distinguida que son, las ignorarán completamente».




Y, en efecto, la obra de Goethe como científico ha sido en gran parte ignorada. A los litterateurs à thèse les cuesta reconciliar al autor del Werther con el descubridor del hueso intermaxilar. Y, no obstante, en pocos escritores la vida se une –o se reúne– con la obra con tanta frecuencia. Los pasos por la literatura y los pasos por la ciencia del autor del Fausto, no son más que una traslación de sus tambaleantes pasos por la vida. De una situación, de una especial coyuntura, surgirá una obra literaria, de otras inesperadas y casuales circunstancias, sus descubrimientos científicos. En este sentido, si Goethe no hubiese sido invitado por el Duque Carl-August a Weimar, su interés por las ciencias naturales no se habría desarrollado con tanta energía. Pero su aislamiento en aquel hermitage de los bosques de Weimar, junto al bello riachuelo del Ilm, condujo a Goethe a interesarse por la botánica, y muy especialmente por la obra taxonómica de Linneo. Si el Werther es el resultado de sus desamores con Charlotte Buff (y de la adaptación del suicidio de Jerusalem), sus inicios botánicos son la consecuencia de su refugio en Weimar, de su contacto con los guardas forestales del duque, y en muchos aspectos también de su desencuentro con la baronesa Charlotte von Stein, un nuevo y apasionado amor. En las relaciones de Goethe con la baronesa hay algo del Saint-Preux de La nueva Eloísa, y en su refugio en la botánica, una ensoñación rousseauniana. El poeta se refugia en la botánica como lo hiciera Jean-Jacques: la naturaleza se convierte en el exutorio de su alma atormentada, con el poema a los Alpes de Haller y los Idilios de Gesner de fondo, y junto a la poesía se entremezclan otras lecturas eruditas, como la Historia natural de Buffon o la filosofía de Spinoza.




Esa espontaneidad vitalista, ese romanticismo desbordado ante la naturaleza, lo hacen más amante que estudioso de la naturaleza. Goethe nunca fue un buen taxónomo, nunca tuvo afán de exhaustividad. La curiosidad –ese ferviente deseo de aprender que lo caracteriza incluso en la vejez– lo llevan azarosamente de un campo a otro, que siempre busca interrelacionar. En su actitud ante las plantas, sin duda hay una mimesis del espíritu rousseauniano (en su casita del parque del Ilm se transformará en «el amigo de las plantas retirado del mundo»), pero, como al conde Buffon, a Goethe le interesa también descubrir las leyes comunes a los seres vivos. En su poema Epirrema indica su actitud ante el estudio de la naturaleza:

 

                                                Al contemplar la Naturaleza

                                    No perdáis nunca de vista

                                    ni el conjunto ni el detalle

                                    que en su vastedad magnífica

                                    nada está dentro ni fuera;

                                    y por rara maravilla

                                    anverso y reverso son

                                    en ella una cosa misma.

                                    De este modo, ciertamente,

                                    aprenderéis en seguida

                                    este sagrado secreto

                                    que miles de voces publican.


A Goethe le interesa más el conjunto que el detalle; es, por así decirlo, un filósofo que se sirve de la naturaleza, que busca el «sagrado secreto» que caracteriza a los seres vivos. La llegada a Weimar del filósofo Johann Gottfried von Herder, que preparaba su magna obra Ideas sobre la filosofía, representó un nuevo y definitivo estímulo. En sus escritos, Herder propone que existe una forma principal propia a todo lo viviente, un arquetipo que se encuentra presente en todo ser vivo.

Este estudio de la naturaleza, se amplía con sus trabajos osteológicos. Goethe conoció al reverendo J.C. Lavater en el transcurso de un viaje a Zurich, el cual lo animó a que participara en su obra fisionómica. Lavater había desarrollado un método que, en función de los rasgos faciales, acertaba a predecir el carácter de las personas. De este modo, escribía de Voltaire:

 

«¡Qué significativos de cinismo ingenioso son los rasgos de Voltaire! La parte superior de la nariz es la más graciosa, pero esta expresión disminuye hacia su extremo. La boca es extremadamente característica del ingenio y de la gracia satírica, de la vanidad, y de la satisfacción por la avaricia.»

 

En cambio, de Lutero indicaba:

 

«¡Qué vulgar, qué pobre es este rostro para el gran, único, incomparable Lutero, el cual, a pesar de todos sus monstruosos defectos, fue el honor de su época, de Alemania y de la raza humana! Este rostro, digo, es todo menos bello; aunque se descubre al hombre firme e intrépido! ¡Qué mente, qué entusiasmo revelan sus ojos! ¡Qué industria y qué humildad en la boca! Resulta innecesario remarcar la inflexibilidad y el poder del mentón y del cuello.»

 

Lavater quería demostrar que el cráneo –su estructura ósea– era el responsable último de la fisionomía. Animado por el reverendo suizo, Goethe empezó sus estudios de osteología comparada, que lo conducirían al descubrimiento del hueso intermaxilar, su mayor y más indiscutible éxito científico. Hasta entonces se creía que el hombre se diferenciaba de los primates por no tener los cuatro dientes incisivos situados en un hueso empíricamente aislable, conocido con el nombre de hueso intermaxilar (os incisivum). Era la única diferencia clara que los naturalistas habían encontrado entre el esqueleto de los simios y el del hombre, y en aquel hueso insignificante se sostenían muchas de las teorías del origen divino de la especie humana. Goethe, que buscaba esa unidad de la naturaleza, encontraba injustificable esta ausencia, y motivado por Lavater empezó a estudiar los cráneos de distintos animales (del elefante, del oso hormiguero, del hipopótamo, del camello, del león marino, del tigre, etc.) y a compararlos con el del hombre. Finalmente, pudo probar que el hueso intermaxilar estaba también presente en el hombre, y que resultaba claramente visible en el feto humano, antes de fundirse con la mandíbula superior. Este descubrimiento le puso en contra a los principales anatomistas del momento, entre ellos a los influyentes Blumenbach y Camper.




BAROMETRO DE Goethe

 

La metamorfosis italiana

           

En septiembre de 1786, diez años después de su llegada a Weimar, Goethe emprendió un viaje a Italia que resultó trascendental en su vida, y por tanto, en su obra literaria y científica. Su partida de Weimar se llevó a cabo en secreto, sin advertir a la baronesa Von Stein, con la que durante todos aquellos años había mantenido un idilio platónico, plagado de conflictos sentimentales. Goethe seguirá en cierto modo los pasos de su padre, que en su juventud realizó un largo periplo por la península italiana, lo que entonces se conocía como un Kavalierstour. Durante su viaje, Goethe cultivará su afición por la pintura, y realizará bellas panorámicas de la Ciudad Eterna, así como del paisaje romano. Como indica en su sugerente crónica del viaje, a Goethe le sorprende la variedad infinita de la botánica mediterránea: los pinos piñoneros, los palmitos, las plantas crasas, las piteras..., todo estimula su imaginación. El carácter colorinesco del pueblo romano, tan distinto del alemán, le conducirá a hacer propio el pensamiento de Montesquieu de que el clima modula el carácter de los hombres. Y no sólo el carácter de los hombres: Goethe a lo largo de su viaje irá observando cómo las plantas se van adaptando al progresivo cambio del clima. Esta manifestación del mediterráneo, que lo deslumbra y confunde al mismo tiempo, alcanzará su cenit en Nápoles. En las faldas del Vesubio, se apasionará de la enorme plasticidad de las plantas, de cómo consiguen acomodarse a las condiciones cambiantes, a las situaciones extremas. En Nápoles desarrollará su conocida tesis de la metamorfosis de las plantas: Goethe intuyó que todas las plantas, o al menos su gran mayoría, provenían de una primera planta –el arquetipo–. Los cotiledones, las dos primeras hojas embrionarias, habrían sido la base de la planta prototípica, y todos los órganos posteriores de la planta (espinas, estambres, pistilos, etc.) no serían más que una transformación posterior de dichos cotiledones. En una significativa carta enviada a Herder le desvelaría su descubrimiento:

 

«Estoy a punto de descubrir el secreto de la generación y de la organización de las plantas. (...) La planta primordial (Urpflanze) será la más extraña criatura del mundo. Con este modelo y con la clave que la explica se pueden inventar plantas hasta el infinito, es decir, que aunque no existan, podrían perfectamente hacerlo y que no son tan sólo sombras o apariencias pictóricas o poéticas, pero que contienen una verdad y una necesidad interiores. La misma ley se podría aplicar a todas las otras criaturas vivientes.»

[Carta a Herder, 17 de mayo de 1787]

 

A su vuelta a Weimar, inició la redacción de un tratado sobre la transformación de las plantas. En el prólogo de su ensayo, explica las condiciones que lo motivaron al estudio de la naturaleza: «De regreso a Alemania y como expulsado, pues, de modo irrevocable, del espléndido elemento artístico italiano, entregado a la desesperación, sentí más vivamente el valor y la dignidad del elemento-naturaleza. En él busqué salud y consuelo». Goethe –como Rousseau– busca en la naturaleza, y en sus leyes, un refugio del alma, un consuelo a sus dificultades amorosas con Charlotte von Stein. Y no sólo en la naturaleza... Durante este período, el poeta se enamorará de Christianne Vulpius, una florista de Weimar, ¡20 años más joven que Charlotte von Stein! Si Jean-Jacques Rousseau convivió con Thérèse, una camarera que conoció en un café de París, Goethe, a partir de este momento, compartiría gran parte de su vida con aquella ingenua y superficial florista.





 

La más extraña criatura del mundo

 

Goethe escribiría para Christiane una versión divulgativa de su nueva teoría científica. El largo poema de La metamorfosis de las plantas (1790), es una excelente adaptación de su concepción científica, en la que va explicando cómo desde una hoja ideal se van originando, por sucesivas transformaciones las distintas partes de la planta (la flor, los estambres y el pistilo, la hoja, la semilla, etc.). El poema se inicia con una breve introducción, en la que exhorta a la amada a descubrir con él las leyes ocultas de la naturaleza:

 

Te disturba, oh amada, la mezcla de miles

de flores aquí y allá en el jardín;

muchos nombres escuchaste, y siempre suplanta,

con bárbaro sonido, el uno al otro en el oído.

Todas las formas son análogas, y ninguna se asemeja a la otra;

así indica el coro una ley oculta,

un sagrado enigma. ¡Oh, si yo pudiese, querida amiga,

transmitirte al instante la feliz palabra que lo desvela!

 

                                   

Sigue una explicación de cómo subyace en la semilla una poderosa fuerza interna que permite el desarrollo de las dos primeras hojas embrionarias, los cotiledones:

 

Observa en su devenir cómo la planta poco a poco,

gradualmente guiada, se forma en flor y fruto.

Se desarrolla a partir de la semilla, apenas de la tierra

el seno que fecunda en silencio le da la vida,

al estímulo de la luz sagrada, eternamente moviente,

la delicadísima estructura de las hojas que nacen encomienda.

 

 

Yace en la semilla la fuerza simple: un modelo incipiente,

cerrado en sí mismo, replegado bajo el envoltorio,

hoja, raíz y brote, sólo medio configurado y sin color;

así el grano seco conserva a cubierto la vida serena,

que irrumpe hacia lo alto, se confía a la humedad benigna,

y de la noche circunstante surge.

 

 

De la transformación de los cotiledones, se van originando las diferentes partes de las plantas, entre ellas las flores, los estambres y el pistilo:

 

(...) En círculo se ponen ahora, contadas y sin número,

las hojas más pequeñas junto a sus semejantes.

Alrededor del eje hinchado se define el cáliz que esconde,

y a la forma más alta prodiga coronas de color.

 

 

(...) Pero la magnificencia será proclamación de nueva productividad.

Sí, la hoja coloreada siente la mano divina,

y se contrae rápidamente; las formas más finas,

tienden hacia delante, determinadas a unirse.

Se unen íntimamente las parejas afines, juntas

se ordenan en círculo alrededor del consagrado altar.

 

Finalmente, se produce la fecundación. Goethe no puede evitar hacer una emocionada alusión a la amada:

 

Himeneo ronda por allí, y magnífica fragancia, con fuerza,

dulce olor, afluye, reavivándolo todo alrededor.

Ahora aislados se llenan gérmenes infinitos

envueltos en el seno materno del fruto que se hincha.

Y aquí el anillo de las fuerzas eternas de la naturaleza se cierra...

vuelve ahora, oh amada, la mirada al abigarrado hormigueo;

verás como tu mente ya no se confunde.

Toda planta te proclama ahora leyes eternas.

Toda flor conversa claramente contigo.

 

 

Este poema fue muy bien recibido por la crítica, así como –al decir de Goethe– por la propia Christine. No obstante, el poeta no podrá evitar algunos comentarios satíricos y burlones de la «buena sociedad», sobre los auténticos motivos de su metamorfosis. En cualquier caso,

a partir de este momento, Goethe utilizará la poesía para dar mayor difusión a sus ideas científicas. Con estos poemas buscaría acercar la ciencia –sus percepciones científicas– a un amplio público lector. Sin duda, su relación con Christiane lo animó a simplificar en algunos casos el contenido de sus obras. Ciencia y literatura, arte y filosofía, se unirían en una gran amalgama en la obra de Goethe. Y también la divulgación de la ciencia. Como escribía al inicio de uno de sus trabajos científicos:

 

«Nadie quería comprender la unión íntima de la poesía y de la ciencia; se olvidaban que la poesía es la fuente de la ciencia y no se imaginaban que con el tiempo pueden formar una alianza estrecha y fecunda en las más altas regiones del espíritu humano.»




Y, sin duda, Goethe es uno de los mejores ejemplos de la fecunda unión de la ciencia y la poesía.

 


miércoles, 11 de noviembre de 2020

¡ASESINOS ETARRAS CON SOTANA!

 


 Con la Biblia y la Parabellum. 


COMO la iglesia vasca ponía una vela a Dios y otra al diablo (Bafumet) 

¡ASESINOS CON SOTANA descendientes de los Carlistones que fusilaban a la salida de las Iglesias si no comulgabas! 



El título del libro es una declaración de intenciones: Con la Biblia y la Parabellum. También lo es el subtítulo: Cuando la iglesia vasca ponía una vela a Dios y otra al diablo. Lo firma Pedro Ontoso, periodista, sociólogo y profesor de la Universidad del País Vasco de raíces burgalesas. "Esta no es una historia de la Iglesia al uso, ni una historia sobre ETA, sino una crónica del proceso que discurre entre el nacimiento de la organización terrorista (1959) y su disolución (2018), y el protagonismo que han tenido en ella los miembros de la Iglesia, tanto en la legitimación de la violencia como en los numerosos episodios de mediación, en el surgimiento de los movimientos cívicos de pacificación, en el impulso a la reinserción de etarras, en las acciones para acercar las orillas del sufrimiento entre las víctimas y los victimarios, y, por último, en el desarme y desaparición de ETA", recoge el dossier informativo de la obra, que verá la luz el 30 de abril.



DON CARLOS Y JULEN 


Para el autor, una vez acabada la violencia "es el momento de que muchas historias salgan ahora a la luz". Con la Biblia y la Parabellum viene a colmar las exigencias de los más implicados en esta historia pero también atrapará al lector general con los momentos de complicidad entre curas y etarras, y los episodios de mediación y negociación, en un pulso continuado entre los poderes civil y eclesiástico a la sombra del Vaticano. Posee el libro pasajes de enorme enjundia, como este que reproducimos aquí: "Lo que en un inicio fue un periodo de resistencia política y cultural frente al régimen franquista, pronto se desvió hacia la violencia terrorista y a hacer el mayor daño posible. Y todo ello, ¿para qué? ETA solo ha producido muerte y sufrimiento; si ha persistido tanto en el tiempo, solo es porque gran parte de la sociedad vasca apoyó o toleró sus acciones. ¿Hubo complicidad de la Iglesia? ETA no nació en un seminario, pero hubo sotanas de curas y hábitos de frailes en la génesis de ETA, y luego las hubo también en el entorno intelectual de la izquierda abertzale. ‘Si no nos oponemos al malo, lo estamos alimentando de forma tácita’, establece la doctrina social de la Iglesia, tan invocada en Euskadi".


Recuerda Ontoso en su obra a religiosos directamente relacionados con la banda terrorista, caso de Eustakio Mendizábal, Txikia, "un exmonje benedictino que se convirtió en un mítico jefe de ETA. Txikia fue uno de sus pistoleros más sanguinarios y, cuando murió en un tiroteo con la policía, se convirtió en un mártir y en un ejemplo para otros jóvenes que abrazaron la violencia". Asimismo, el investigador recuerda que la primera asamblea de ETA se celebró en mayo de 1962 en el monasterio benedictino de Belloc, en Francia; el mismo lugar en el que, años después, un terrorista dejó las pistolas y tomó los hábitos, lo cual no le impidió ser localizado y detenido por la policía. La cuarta (y primera asamblea celebrada en suelo español) se celebró en la Casa de Ejercicios Espirituales de los jesuitas en Guetaria. También la quinta.


Abunda el autor en la estrecha relación del clero con la formación terrorista a partir de, por ejemplo, atentados tan simbólicos de la banda como el del primer asesinado, José Ángel Pardines Arcay, a manos de Etxebarrieta. "En efecto, una parte muy importante del clero se volcó con Etxebarrieta. Hubo misas en su recuerdo en casi todos los rincones de Euskadi. En las homilías se ensalzaba su categoría humana y se bendecía su compromiso con el pueblo hasta el punto de haber sacrificado su vida por el país. Así se elogió su actuación en la iglesia de los jesuitas de San Sebastián, abarrotada de gente a la que se le saltaban las lágrimas. El oficiante valoró la entrega de aquel joven idealista, pero no se paró ni un minuto para denunciar que había convertido la patria en un absoluto, para denunciar aquella idolatría de nuevo cuño. Etxebarrieta era uno de los nuestros. El agente Pardines, en cambio, no existía: era el enemigo. Su familia lo lloraba en soledad y casi de manera clandestina, para no ofender. El amor al pueblo era un dogma absoluto que no sólo justificaba en asesinato, sino que se asumía como un acto de justicia".


Para el autor de Con la Biblia y la Parabellum, el apoyo a la contestación social al franquismo, así como su protagonismo en la defensa de la cultura vasca, contribuyó a enraizar la influencia del clero. Recuerda Pedro Ontoso una famosa carta remitida por curas vascos al Vaticano en 1960. La firmaron 339. En aquel escrito, "los sacerdotes cruzaban una raya y se mojaban en las reivindicaciones nacionalistas del pueblo vasco. Se estaba fraguando ya un movimiento que cuestionaba la legitimidad del régimen y sacralizaba el concepto del pueblo. También se criticaba a los obispos, pero lo principal era la postura abiertamente política que se estaba tomando. El clero vasco rebelde intensificó sus predicaciones públicas en defensa de los derechos del pueblo vasco y contra el régimen franquista. Aquellas homilías ‘subversivas’ generaron centenares de multas y numerosas detenciones (...). Para entonces ya había curas (aunque es cierto que eran un grupo muy reducido) que se habían enrolado en ETA, principalmente en labores de infraestructura y logística, y muchos seminaristas simpatizaban con su causa en Vizcaya y, sobre todo, en Guipúzcoa".


Un burgalés olvidado. El taxista burgalés Fermín Monasterio, primera víctima civil de ETA, fue asesinado a tiros por un etarra que huía de la policía y que se coló en su taxi en plena fuga. Cuenta el autor de este libro que la familia Monasterio nunca recibió apoyo ni consuelo de la Iglesia, pese a que varios sacerdotes ocultaron al asesino del burgalés. Y recoge este testimonio de Dori, una de las tres hijas del burgalés. "Mi madre tenía dificultades para que los curas de Arangoiti [barrio de Bilbao] atendieran sus peticiones. Le ponían pegas para las misas en recuerdo de mi padre. No se sentía a gusto. Más que ayudarnos a nosotras, la Iglesia se dedicó a callar y a proteger y tapar a los suyos. Al final cambió de parroquia y encontró un padre espiritual en un templo de los jesuitas, que le ayudó mucho".
Recoge Pedro Ontoso que casi 48 años después del crimen, Dori Monasterio se entrevistó con el que era en 1969, año del asesinato, vicario de la diócesis de Bilbao, José Ángel Ubieta, a quien varios curas llegaron a señalar como el hombre que amparó la cobertura del asesino de Monasterio. "No perdono a quien asesinó a mi padre. Él no tuvo nunca ningún interés por la familia que rompió", explicó Dori al autor del libro.


discrepancias con Rouco. Otro pasaje de enjundia, entre los muchos que recoge el libro, es el que alude a las discrepancias entre la Iglesia y el cardenal Rouco Varela a finales de los 90 y comienzo de los 2000. Así escribe Ontoso: "Tras el fracaso de las conversaciones entre el Gobierno y ETA en 1999, en las que actuó como intermediario monseñor Uriarte, y la ruptura de la tregua, la banda terrorista inició una ofensiva sangrienta y asesinó a 23 personas en el año 2000. El Ejecutivo de José María Aznar decidió romper el ‘empate infinito’ y diseñó una estrategia política, policial y judicial no solo contra ETA, sino también contra todo el complejo que la rodeaba. El PP consideraba que el nacionalismo era parte del problema. La reforma de la ley de partidos, cuestionada por los obispos del País Vasco, era parte de esa nueva actuación, lo mismo que la elaboración del Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, que pasaría a la historia como Pacto Antiterrorista. Se firmó el 8 de diciembre de 2000, con el apoyo del PSOE y fuertes críticas del PNV, al que de facto se excluía. La Conferencia Episcopal Española no secundó aquella iniciativa, pese a que la comandaba el cardenal Antonio María Rouco Varela, que mantenía buena sintonía con Aznar. El presidente ‘popular’ lo valoraba como ‘un español cabal, prevenido contra todo tipo de pulsiones identitarias y nacionalistas’. La negativa de la Iglesia a adherirse al pacto, al que nadie la había invitado, provocó una enconada polémica. Algunos interpretaron que los obispos optaron por abstenerse ante el veto de la Iglesia vasca. El prelado emérito de San Sebastián, José María Setién, había declarado que la adhesión sería ‘desacertada’ porque se trataba de un pacto que constituía ‘una ruptura del planteamiento universal del diálogo’, tenía ‘un marcado carácter político’ y seleccionaba a los participantes para, después, ‘pedir su adhesión’. Luego, había concluido: ‘Todas esas circunstancias ofrecen ciertas reservas a las que la Iglesia no puede ser indiferente’. En realidad, aquello era lo que opinaban otros obispos, entre ellos el de Bilbao, Ricardo Blázquez, y el de Pamplona, Fernando Sebastián. Este último señaló que el texto incluía ‘referencias y objetivos de orden político’ que los obispos no podían avalar ‘con la autoridad moral de la Iglesia’. A Aznar no le gustó aquella posición y así se lo hizo ver al cardenal Rouco, que apreció una preocupante fisura entre la Iglesia y una parte importante de la opinión pública".

¡VIVA DON CARLOS REY DE LAS ESPAÑAS!



martes, 27 de octubre de 2020

LOS HONDEROS DE LAS BALEARES (LA FUERZA DE ELITE DE LOS EJERCITOS DE CARTAGO Y ROMA)

 



BALEARES

LAS ISLAS DE LOS MAESTROS DE LAS HONDAS (MALLORCA Y MENORCA)

Sin lugar a dudas la cultura Talayotica de las BALEARES (Islas de Mallorca y Menorca), ya que en las Pitiusas (Ibiza y Formentera) no se dio esta cultura, por lo menos de forma tan floreciente,  engendró una serie de núcleos tribales que debieron combatir entre ellos de forma violenta. Por supuesto que en los casos de invasiones extrajeras que podemos pensar en Egipcios, Fenicios, Griegos, Cartagineses (Es posible que Aníbal naciera en Menorca e incluso que el nombre de Mahón derivase del nombre del hermano mayor de Aníbal). Los distintos grupos tribales se unieran para luchar juntos contra el invasor. Incluso hay teorías que relacionan a los primeros Baleáricos como TROYANOS llegados con sus embarcaciones después de la derrota ante los griegos.     




La primera INTERVENCIÓN CONOCIDA como Mercenarios de la que tenemos constancia es su participación en Sicilia, en el marco de la guerra greco-púnica, en el 406 a.C. Después participaron en Las guerras púnicas del lado cartaginenses bajo las ordenes de AmílcarAsdrúbal y finalmente de Aníbal. Así  participando en todas las batalla de Aníbal en la Península Itálica como en Cannas, la mayor derrota militar que sufrió Roma en su historia (216 a.C.) y en la definitiva derrota de de las tropas cartaginesas en la llanada de Zama (202 a.C.), que puso fin a la II Guerra púnica y a la postre el final de la supremacía cartaginesa. Algunos historiadores sostienen que en la llanada de ZAMA se encontraron Honderos Baleáricos en los dos ejércitos (Aníbal y Escipión el Africano).


BATALLA DE ZAMA

 Cinemática Documental. 

La Segunda Guerra Púnica 





Los proyectiles de piedra, cerámica o plomo (que se intercambiaban con los Fenicios por Vino y/o Aceite de Oliva) y de una máximo de 200 gramos, que escogían por su forma buscando siempre que fueran lo más aerodinámicas posibles. Cada guerrero portaba 3 hondas, situadas en la cabeza, cinturón y mano. Eran capaces de lanzar proyectiles a 100 metros de distancia y destrozaban escudos, yelmos y corazas con tal facilidad que, contaban en la época, parecía que los proyectiles eran lanzados desde catapultas.


HONDEROS EN LA BATALLA DE ZAMA




En ningún momento se trato de tropas auxiliares como recientemente se menciona en algún trabajo. Siempre el abrir un combate conlleva una gran responsabilidad ya que debe cumplir con dos cometidos. Uno de efectividad letal contra las primeras líneas y otra de desmoralización del enemigo al ver aparecer de la nada unos soldados desnudos con una precisión de tiro endiablado con las conocidas en todo el mediterráneo como HONDAS, todo ello en medio de un griterío de combate mortal ya solo por sus decibelios, y tal como aparecen desaparecen debido a su ligereza de impedimenta militar rápido a municionar sus zurrones otra vez de plomo o piedras cautelosamente elegidas en los mejores aluviales del mediterráneo. 

Cesar en las Galias utilizó HONDEROS BALEARICOS que diezmaban las primeras líneas enemigas con balas de plomo con un mensaje grabados en ellas "CESAR EMPERADOR".  Invento la propaganda militar de los brazos de los HONDEROS.

Sabemos que la mayoría de HONDEROS cobraban su trabajo de Mercenarios en VINO y MUJERES. Desde mi parecer, sin ninguna prueba científica, las mujeres podrían haber cumplido su papel en el retorno del mercenario a las Islas ¡Si volvía claro!, por alguna razón creo que en aquella época nacían mas machos que hembras en las Islas.

 

The Balearic Slingers 

DOCUMENTARY









EN ESTOS TIEMPOS SIN DUDA RAFA NADAL ES EL EXPONENTE MAS PURO DE LOS HONDEROS DE MALLORCA Y MENORCA





EL BRAZO DE UN HONDERO MALLORQUIN






La destreza de estos guerreros con la honda se debía a que, ya desde niños, sus padres les adestraban a fondo en el manejo del arma. Uno de los primeros juguetes de los niños baleares era precisamente una honda. Se dice que cuando empezaban a familiarizarse con el objeto, las madres colocaban un pedazo de pan sobre una estaca y, hasta que los jóvenes aprendices no lo tiraban al suelo con la honda, no podían comérselo. Licofrón de Calcis decía: “[…]Y las madres señalaron a sus hijos más pequeños, en ayuno, el arte de tirar; ya que ninguno de ellos probará el pan con la boca si antes, con piedra precisa, no acierta un pedazo puesto sobre un palo como blanco[…]”




Un detalle poco conocido es que cada hombre utilizaba tres hondas de distinta longitud y tamaño, para lanzar proyectiles a corta, media y larga distancia. Los guerreros se ataban las hondas alrededor de la frente, como si fueran diademas para tenerlas siempre encima. Las hondas se elaboraban con fibra vegetal trenzada, sobre todo de lino o esparto o bien se fabricaban con crin de caballo o nervios y tripas entrelazadas de algún animal.
























Se ha podido confirmar la eficacia de la honda a partir del 123 a.C., durante la conquista de la Baleares por Quinto Cecilio Metelo. Cuando la flota romana bordeaba las islas en busca de puntos de desembarco adecuados, Metelo se vio obligado a ordenar a sus hombres que extendieran pantallas hechas de pieles de animales en los costados de sus embarcaciones para protegerles de los proyectiles lanzados desde la costa.








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