miércoles, 6 de febrero de 2019

LAS TEAS HUMANAS DE CATÓLICOS Y GENTES DE DERECHAS DEL PATIO DE LA CÁRCEL DE ALMENDRALEJO




LAS TEAS HUMANAS DE CATÓLICOS Y GENTES DE DERECHAS  DEL PATIO DE LA CÁRCEL DE ALMENDRALEJO
(BADAJOZ)

FUENTE:



¡MAS INFAMIA REPUBLICANA!
¡COMO NERON VAMOS!

Cuéntanse como principales dirigentes y au­tores de los repugnantes hechos: «el Botello», «el Conejo», «el Núo», «el Hermanito», Manuel Pérez «el Sombrerero», y las rameras conocidas por «la Ramona» y «la Sopa», encargadas de apalear a los detenidos; autores igualmente de los asesinatos cometidos con los detenidos en el convento de las monjas, y que fueron don José Jiménez Marcos, oficial del Ayuntamiento, y los obreros Guillermo Barroso Álvarez y Manuel González Dorado.




La horrible tragedia en el patio de la cárcel

El día 6 de agosto, y al tener conocimiento de que las fuerzas nacionales se encontraban en las proximidades de Los Santos de Maimona, a todos los detenidos de la cárcel los pasaron al patio de la misma, cerrando fuertemente la puerta que comunica al interior para que de ninguna manera pudieran refugiarse (esto fue en la noche), y a las tres próximamente de la madrugada del siguiente día echaron a vuelo las campanas, señal convenida seguramente para efectuar el reparto de armas que en la no­che anterior, y procedentes de Madrid, fueron traídas al Ayuntamiento.

A las doce de este día, y por haber observado que las tropas nacionales habían pasado del pueblo de Villafranca, dirigiéndose hacia éste, desde el exterior del patio de la cárcel, por es­caleras colocadas en una de sus tapias, en el corral colindante de un vecino, se asomaba una cabeza de rojo como en exploración, e inme­diatamente es arrojada a dicho patio la primera bomba de mano, que fue, sin duda, la que más daño causó en los indefensos por cogerles to­talmente desprevenidos; sucesivamente, y con el desenfreno del envenenamiento, siguieron arrojando bombas hasta el número de diez, mas como los autores asomáranse nuevamente y observaran que aún había señales de vida en algunos de los detenidos, valiéndose de un cubo, y a boleo, rociaron desde las mismas ta­pias gasolina a los presos y patios, y una vez hecha esta operación, cogían algodones impreg­nados y, encendidos, los arrojaban para que se produjera el incendio.

La imposible descripción del monstruoso es­pectáculo lo epiloga el que, para rematar (por si alguno quedaba todavía con vida), empezó un rápido tiroteo de fusil sobre el repetido pa­tio, habiendo resultado de los cuarenta deteni­dos que existían, 25 destrozados por las bom­bas y totalmente carbonizados.

Apiñados, casi sin poder moverse, los detenidos sufrieron insultos, humillaciones y malos tratos. En cierto momento. Algunos verdugos entraron en el patio y escogieron entre los detenidos a aquellos a quien, por su amor a la causa del orden y por su condición, querían distinguir especialmente. Entonces los arrimaron a la pared y los levantaron un poco, algunos pies, por encima de ellos. Los abrieron de brazos y piernas y los crucificaron. A uno o dos los pusieron cabeza abajo. Después mojaron a todos con gasolina. Y, para acabar, les dieron fuego. No escapó ni uno.

Verdaderamente novelesco parece el cómo pudieron salvarse de este infierno de metralla y balas el resto de los detenidos. Sin duda alguna ha sido la Divina Providencia, representada para unos, en una cocinilla con techumbre de cinc que existía en aquel lugar y que les sirvió de refugio, teniendo que utilizar, podríamos decir, como valla infranqueable del fuego y las balas, la que quedó hecha con los propios ca­dáveres de los mártires al caer en este estado amontonados unos sobre otros a la entrada de la mencionada cocinilla; para otros, el que las llamas del patio fue obstáculo para los propios que la produjeron (castigo del Supremo), pues llenas las paredes de gasolina, las llamas pro­ducidas al incendiarse se elevaban a gran altu­ra, impidiéndoles, por tanto, a los que dispara­ban, hacer con precisión la puntería.

Digno de reseñar es la serenidad con que procedió don Alfonso Iglesias; serenidad sin duda que le ha valido para poder comentar el caso, siendo su salvación un verdadero milagro; pues una de las víctimas, don Juan Alcántara, se encontraba refugiado con el cuerpo de dicho señor y en tal posición recibió el tiro de fusil en la garganta que le produjo la muerte instan­táneamente.

El señor Iglesias, también milagrosamente, fue salvado con anterioridad, y como digo sin duda alguna por la serenidad llevada a efecto, pues viendo que el fuego iba a alcanzarle y prender las ropas impregnadas de gasolina, desnudóse completamente, por cuyo motivo no sufrió más que algunas quemaduras en los pies y piernas y herida de metralla en la pierna iz­quierda.

También quiero hacer reflejar la iniciativa, que siendo magnífica en propósito, pudo haber sido trágica en consecuencias; fue tal la idea concebida por los detenidos Miguel Villena, obrero albañil, y Pedro López Cabeza:

Éstos intentaron desesperadamente coger la vigueta de hierro que sostenía la techumbre de la cocinilla para dar golpes sobre la puerta que comunicaba al interior de la cárcel, y, una vez destrozada, refugiarse en éste; pero al intentar efectuarlo recibieron la descarga que les produ­jo la muerte; de haber conseguido este propósi­to, como antes indico, tal vez hubiera sido más trágico el final del resto de los detenidos, ya que al quitar dicha vigueta hubiese caído el techo de la cocinilla, fomentándose el fuego en las mismas proporciones que el cinc antes impedía.

Los que perecieron en repetido edificio de la cárcel son: don Javier Merino Martínez y sus hijos don Antonio y don Saturnino; los tres her­manos don Pedro, don José y don Antonio Ló­pez Cabezas; don Manuel González y González, don José Terrón Vargas, abogado; don Ángel López Crespo, don Francisco Cabezas Gallardo, don Juan Alcántara y Alcántara, don Juan Pe­dro Arias Merchán, don José Cano Gómez, don Manuel González Ojeda, don Domingo García Vélez, don Manuel Nieto Marín, don Antonio Santos Alcañiz, don Máximo Álvarez García, don Miguel Villena Ballesteros, don Alberto Díaz de Toro, don Francisco García Barrientos, don Manuel Bordallo Víziazo, don Agustín Ló­pez Navarrete, don Manuel Guillén Ramos y don Juan Limón Borrero.

Por los efectos de la metralla han sufrido la pérdida de una pierna los detenidos en Las Monjas don Aquilino de la Hera Marcos y don Francisco Díaz de Toro.

A consecuencia del proceder de la plebe, ha sido completamente destruida la parroquia.


González Ortín, Rodrigo, Extremadura bajo la influencia soviética, Tip.Gráfica Corporativa, Badajoz, 1937, pp.175-185

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